Las paredes me
devoran y el silencio me produce miedo. Estaba cansado, cansado de mí y del
mundo, así que decidí ir a comer para despejarme y reflexionar, si se daba la
oportunidad. Fui a un restaurante que se encontraba en el centro, hacia mucho
que no iba, se llamaba “The Sinatras” y digo se llamaba porque cuando llegué no
había ni rastro de su existencia.
En lugar del bar
habían construido una sucursal del Banco Hispano Americano. Sin ningún lugar a
donde ir, me quedé mirando los intereses de las hipotecas, al fin y al cabo no
tenia nada mejor que hacer.
No se cuanto tiempo
pasó pero ya ni si quiera me reflejaba en el escaparate. Parecía que mi mente
se había separado de mi cuerpo, y en ese estado notaba un placer inimaginable.
Siempre he pensado que es bueno dejar de pensar para por lo menos seguir
viviendo, aunque sea a duras penas.
Cuando reacciono me
doy cuenta de que ha empezado, me estoy empapando. Con una medio sonrisa en los
labios me planteo hacer como Frank Sinatra y cantar “Siging in the rain”
abrazado a una farola, para hacer un pequeño homenaje en memoria del
restaurante. Pero me digo a mi mismo
“céntrate”.
Al dar la vuelta,
justo detrás de mi, a unos escasos metros una chica con un paraguas rojo me
mira fijamente. En la calle no hay nadie más, ella, la lluvia y yo. Nuestras
miradas se cruzan y en el mismo momento en el que mis ojos se posan en los
suyos, su expresión se torna fría y desconfiada y comienza a andar. Se marcha
calle arriba.
En ese momento
recordé mi niñez en Madrid. Yo, hijo único, al no tener la compañía de un
hermano con el que jugar siempre imaginaba o inventaba historias. Así, el
frutero no solo vendía fruta si no que por la noche salía y se dedicaba a robar
carteras en el metro para poder alimentar a sus 20 gatos. El carnicero era
mucho peor ya que con el mismo cuchillo que cortaba la carne, despedaza uno a
uno todos los balones que se encontraba
en su camino. Pero como en todas las historias, yo también tenía un héroe. Mi
padre, Juan Antonio Tordesillas Galván. Para mí siempre fue el Superman de mi
barrio, el Clark Kent de mi casa. Aunque mas tarde al crecer me diera cuenta de
que solo era un funcionario de correos, en mi mente siempre quedará esa imagen
de mi padre saliendo de la cabina de la esquina para hacer justicia y castigar
a los villanos. En ese mismo momento noté el amargo sabor que deja el desengaño
al comprender que ya no era un niño.
Mañana el gobierno
vendrá a por mí, por mí y por todos los demás que al igual que yo intentamos
salvar lo poco que nos queda de dignidad y orgullo. No me escondo porque sé que
me encontraran, no huyo porque sé que me detendrán en la frontera. Simplemente
soy un hombre que intenta vivir como mejor puede su última noche.
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