martes, 21 de mayo de 2013

La última noche.


Las paredes me devoran y el silencio me produce miedo. Estaba cansado, cansado de mí y del mundo, así que decidí ir a comer para despejarme y reflexionar, si se daba la oportunidad. Fui a un restaurante que se encontraba en el centro, hacia mucho que no iba, se llamaba “The Sinatras” y digo se llamaba porque cuando llegué no había ni rastro de su existencia.
En lugar del bar habían construido una sucursal del Banco Hispano Americano. Sin ningún lugar a donde ir, me quedé mirando los intereses de las hipotecas, al fin y al cabo no tenia nada mejor que hacer.
No se cuanto tiempo pasó pero ya ni si quiera me reflejaba en el escaparate. Parecía que mi mente se había separado de mi cuerpo, y en ese estado notaba un placer inimaginable. Siempre he pensado que es bueno dejar de pensar para por lo menos seguir viviendo, aunque sea a duras penas.
Cuando reacciono me doy cuenta de que ha empezado, me estoy empapando. Con una medio sonrisa en los labios me planteo hacer como Frank Sinatra y cantar “Siging in the rain” abrazado a una farola, para hacer un pequeño homenaje en memoria del restaurante.  Pero me digo a mi mismo “céntrate”.
Al dar la vuelta, justo detrás de mi, a unos escasos metros una chica con un paraguas rojo me mira fijamente. En la calle no hay nadie más, ella, la lluvia y yo. Nuestras miradas se cruzan y en el mismo momento en el que mis ojos se posan en los suyos, su expresión se torna fría y desconfiada y comienza a andar. Se marcha calle arriba.
En ese momento recordé mi niñez en Madrid. Yo, hijo único, al no tener la compañía de un hermano con el que jugar siempre imaginaba o inventaba historias. Así, el frutero no solo vendía fruta si no que por la noche salía y se dedicaba a robar carteras en el metro para poder alimentar a sus 20 gatos. El carnicero era mucho peor ya que con el mismo cuchillo que cortaba la carne, despedaza uno a uno todos los balones  que se encontraba en su camino. Pero como en todas las historias, yo también tenía un héroe. Mi padre, Juan Antonio Tordesillas Galván. Para mí siempre fue el Superman de mi barrio, el Clark Kent de mi casa. Aunque mas tarde al crecer me diera cuenta de que solo era un funcionario de correos, en mi mente siempre quedará esa imagen de mi padre saliendo de la cabina de la esquina para hacer justicia y castigar a los villanos. En ese mismo momento noté el amargo sabor que deja el desengaño al comprender que ya no era un niño.
Mañana el gobierno vendrá a por mí, por mí y por todos los demás que al igual que yo intentamos salvar lo poco que nos queda de dignidad y orgullo. No me escondo porque sé que me encontraran, no huyo porque sé que me detendrán en la frontera. Simplemente soy un hombre que intenta vivir como mejor puede su última noche.

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